LOS OBISPOS españoles no están acostumbrados a que se conteste a sus manifestaciones políticas porque pretenden utilizar los púlpitos no sólo para predicar el Evangelio sino para influir políticamente en la sociedad. Pero cuando los representantes de la Iglesia intervienen en política debieran saber que es un ámbito dialéctico y democrático en el que no se consienten los sermones sino que las intervenciones son de ida y vuelta.
La cúpula de la conferencia episcopal lleva toda la legislatura en confrontación con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, pero la gota que ha colmado el vaso ha sido la petición explícita de que los católicos no voten a quien ha negociado con ETA.
Una negociación con terroristas para tratar de poner fin a la violencia no es un dilema de moral católica sino una decisión legítima de quien además contaba con la autorización del Congreso de los Diputados, depositario de la soberanía nacional, para realizar ese intento. Resulta ciertamente curioso, además, que miembros muy destacados de la jerarquía de la Iglesia hayan intervenido en negociaciones con ETA en la época del gobierno de José María Aznar.
La cúpula de la Iglesia española ha conectado con los sectores más conservadores de la política española y se están retroalimentando en los intentos de imponer una moral conservadora que está en contra de los parámetros que existen en los países europeos de nuestro entorno.

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