Así cantaron con voces tan vellas que dentro del pecho sentí afán de escuchar y a mis hombres, moviendo las cejas, ordené que me soltasen, más ellos, curvados, remaban. Acudieron entonces a mi Perímedes y Euríloco, ajustaron los nudos y aún muchos mas nudos me hicieron.
Cuando atrás las Sirenas dejamos y ya no se oía ni su voz ni su canto, mis hombres entonces quitáronse del oído la cera que yo les había allí puesto, y uno a uno soltaron los nudos que al mástil me ataban...
martes 29 de enero de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada